El Loco
- Jan 6, 2013
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Puso en sus heridas emplastos vegetales, ungió su cuerpo con incienso líquido, cuando tuvo fuerzas emprendió el regreso. A golpe de encrucijadas, en el camino hubo de saberse Mago: acomodó frente así copas, bastos, oros y espadas. Una túnica blanca es recuerdo de su origen celeste, aunque encima lleve la pasión encarnada. En la frente apareció el infinito oroburus: desde entonces los gitanos caminan en caravanas, no detienen el paso, arrancan los rizomas cuando afianzan, leen las estrellas en las manos y, si es necesario, hunden en las líneas sus navajas.
Si en un cuenco de agua fría, algún zíngaro se encuentra de frente con Fatum que devuelve la mirada, vierte a sus pies el sino, sobre la tierra que va pisando, mantiene entre sus ropas un cuarzo, tres zafiros y cinco esmeraldas. Emerge entonces entre columnas, a la izquierda negra, a la derecha blanca, la Sacerdotisa de azul ataviada; serena resguarda la historia de los pueblos, lo sabe todo, pero no dice nada, sobre todo sabe que las letras que se escriben forjan inciertos destinos si se hablan.
En cambio, los secretos preñan, por eso la Emperatriz pinta frutos rojos sobre su vestido; de hematitas coronada, anuncia con un cetro la Creación; entre sus sandalias observa los primeros brotes de trigo y cebada. Descansa junto a un río, sobre cómodos cojines, como deben reposar los vientres llenos antes de romper aguas, antes de parir el mundo, antes de poblar caminos, antes de mostrar la cruz de Venus.
Aquella reina no espera sola: el Emperador la acompaña. Simiente viva, trae la paz bajo la manga de la guerra: es justo, es sabio como su blanca barba, viejo que sabe que no es lo mismo lucha que batalla. Aquilata el oro: de un lado báculo, del otro esfera. Autoridad entre montañas, su trono igual es de piedra, aunque su corona no lo sea y su armadura sea de plata.
Las leyes de los hombres a veces fallan y es necesaria la presencia del Hierofante, divino mediador, concilia lo mundano, convoca a los espíritus sobre los que manda. Démeter y Perséfone, habitantes de Eleusis en el Ática, anuncian la tregua: momento sagrado del que espera. Para llevar ofrenda, las manos deben despojarse de las armas: no se inicia en los misterios quien no carga alimentos, velas y agua.
Habrá que decidir, dicen los Enamorados que de por sí son encrucijada: la paz o la guerra. Cobija en los cielos el alma de Ícaro, que no es ángel, sino padre con cabello-llamarada. Son los hijos primeros, Adán y Lilith, sí, la de la manzana, Eva de mañana. No puede perderse el Paraíso, ontológicamente está perdido: sólo eligen de qué lado harán el siguiente camino.
El Carro, séptimo entre los arcanos, está dispuesto. Boaz y Jakin, esfinges que traen la fuerza y la justicia, conducen por el centro al hombre; adornan sus hombros joyas oraculares, entre meandros de oro, los cabellos.
Ícaro, padre de los Rhom, caminó en las orillas del acantilado; vestido con flores y granadas, elevaba al cielo las más simples de las plegarias: límpida pregunta en la mirada -¿quién soy?- y en la mano el espíritu de una rosa blanca. No tenía miedo, llevaba las piernas calzadas.
Es falso que quisiera tapar el sol con un dedo, al contrario, buscaba. Fue cuando cayó que surgieron las alas; él quería ir abajo, pero el viento lo condujo sin remedio a las alturas. Lo demás, lo sabemos: derritió el calor la cera del divino artefacto de vuelo, aterrizó ensangrentado, con llagas en la piel y una acusación sobre la espalda: ¡Loco!, ¡ingenuo!, por propio pie no se llega a la más interna de las moradas.
Curó sus heridas con emplastos vegetales, su cuerpo olía a líquido incienso, se supo Mago. Hechicero, acomodó frente así copas, bastos, oros y espadas. Una túnica blanca es recuerdo de su origen celeste, aunque encima lleve la pasión encarnada; en la frente apareció el infinito oroburus: desde entonces los gitanos caminan en caravanas, no detienen el paso, arrancan los rizomas cuando afianzan, leen las estrellas en las manos y, si es necesario, hunden en las líneas sus navajas.
Si en un cuenco de agua fría, algún zíngaro se encuentra de frente con Fatum que devuelve la mirada, vierte a sus pies el líquido sino, pero mantiene entre sus ropas un cuarzo, tres zafiros y cinco esmeraldas. Emerge entre columnas, a la izquierda negra, a la derecha blanca, la Sacerdotiza de azul ataviada; serena resguarda la historia de los pueblos, lo sabe todo, pero no dice nada porque sabe, más que todo y más que nada, que las letras que se escriben forjan inciertos destinos si se hablan.
Los secretos preñan, por eso la Emperatriz, pinta frutos rojos sobre su vestido; anuncia con un cetro la Creación, de hematitas coronada; entre sus sandalias observa los primeros brotes de trigo y cebada. Descansa junto a un río, sobre cómodos cojines, como deben reposar los vientres llenos antes de romper aguas, antes de parir el mundo, antes de poblar caminos, antes de mostrar la cruz de Venus, que es cosecha redimido.
Aquella reina no espera sola la cosecha, el Emperador la acompaña. Simiente viva, trae la paz bajo la manga de la guerra porque es justo, sabio como su blanca barba, viejo que sabe que no es lo mismo lucha que batalla; aquilata el oro: de un lado báculo, del otro esfera. Autoridad entre montañas, su trono igual es de piedra, aunque su corona no lo sea y su armadura sea de plata.
Las leyes de los hombres a veces fallan, entonces llega el Hierofante, divino mediador, concilia lo mundano, convoca a los espíritus sobre los que manda: Démeter y Perséfone, habitantes de Eleusis en el Ática, anuncian la tregua: momento sagrado del que espera; para llevar ofrenda, las manos deben despojarse de las armas: no se inicia en los misterios quien no carga alimentos, velas y agua.
Habrá que decidir, dicen los enamorados que de por sí son encrucijada: la paz o la guerra. Cobija en los cielos el alma de Caín, que no es ángel, sino padre con cabello-llamarada; hay que darse prisa, se le derriten ya las alas. Son los hijos primeros, Adán y Lilith, sí, la de la manzana, Eva de mañana. No puede perderse el Paraíso, ontológicamente está perdido: sólo eligen de qué lado harán el siguiente camino.
El Carro, séptimo entre los arcanos, está dispuesto. Boaz y Jakin, esfinges que traen la fuerza y la justicia, conducen por el centro al hombre; adornan sus hombros joyas oraculares, entre meandros de oro, los cabellos.



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