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Fresas (Borrador)

  • Apr 16, 2011
  • 12 min read

La vida es como las fresas, quiero decir mi vida, la que yo he vivido. No como cualquier fresa, sino como las fresas silvestres que son más pequeñas, más dulces cuando están maduras, más agrias cuando no lo están. Aunque me facinan, hubo una vez que no pude comerlas, yacía enferma en la cama de Helene, mi tutora; tenía nueve años y la fiebre me hacía delirar. Iniciaba la época de la posguerra, así que a mi escasa edad no me faltaba horror ni espanto con qué alimentar los malos sueños; el más frecuente de ellos estaba lleno de sonidos: pasos de botas militares alemanas que marchaban, acercándose al ritmo de los latidos de mi corazón y el murmullo de un aparato de radio que emitía la voz de Hitler, nunca la voy a olvidar.


Medio dormida vi entrar a mi hermano a la habitación; dos años menor que yo, traía la ropa raída y el cabello rubio alborotado, parecía intimidado. ¿Cómo no iba a estarlo? Acababa de pasar a un departamento que no se parecía nada al lugar donde él vivía, lo hizo por la puerta del servicio, teniendo cuidado de no manchar con sus zapatos sucios las alfombras. Era una casa de "gente bien", sólo los invitados podían entrar por la puerta principal. Venía a entregar un pequeño canasto con fresas que enviaba mi madre; mi hermana y yo habíamos dejado de ser sus hijas pocos meses antes, tenía prohibido vernos y la única razón por la que mi hermano pudo entregar el encargo sin ser corrido a palos, fue que Helene pensó que yo moriría, "para serte sincera, si una de las dos tiene que morir, preferiría que fuera tu hermana", me había dicho por la mañana y no se levantó de la silla donde estaba cuando ambas escuchamos a la pequeña llorar.


Mi madre se llamaba Luisa, era gitana, jamás la vi soreír, tampoco lloraba, parecía que no sentía nada. Antes de la guerra, Luisa se había casado joven con un hombre gitano que tenía un circo ambulante; con él tuvo dos hijos, un varón y una hembra. A todos los dejó. Mi padre era su amante, a él le dio tres hijos, la más grande fui yo, luego siguió mi hermano y por último mi hermana. Los tres vivimos con ella la guerra, aunque había largos periodos en que sólo yo seguía a su lado: mi hermano estaba con la esposa de nuestro padre, mi hermana con una nodriza en el campo. Luisa. Ninguno de sus tres vástagos nos parecíamos a ella, tenía el cabello y los ojos negros, las facciones angulosas, tan delgada, con su abrigo color vino y una bufanda que nunca se quitaba, quizá porque con ella cubría una cicatriz en el principio del cuello, unos centímetros abajo de la mandíbula que siempre parecía estar trabada.


Era alcohólica... y puta. Pasaba varias noches a la semana en un bar para argelinos que estaba en la planta baja del edificio donde vivíamos. Sórdido. Daba igual. Lo mismo se acostaba con árabes resentidos que con soldados alemanes. Era la guerra, ella era pobre... y puta. Aunque dulce y cariñoso con nosotros, mi padre también bebía y golpeaba a mi madre con una cadena de bicicleta. Ella no lloraba, se mantenía rígida, mirándole a los ojos, desafiante. Entonces él perdía aún más el juicio y con una hacha pequeña que servía para cortar el queso golpeaba el cráneo de mi madre, midiendo la fuerza para sólo cortarle el cuero cabelludo. La sangre escurría por el cabello lacio de Luisa que seguía mirando, ahora como si se encontrara en otro lado y con los ojos secos, sin lágrimas. A la mañana siguiente, en la almohada de la cama donde ella dormía conmigo, amanecían manchas rosadas, como la tintura que deja en los dedos una fresa demasiado madura.


Cuando terminó la guerra, supongo que Luisa intentó modificar el rumbo, porque empezó a trabajar como sirvienta en una casa parisina, de esas donde habita "gente bien", ya no sería puta, aunque, según dicen, lo ladrona nunca se le quitó... ni lo alcohólica, porque años después murió de cirrosis. Ahí fue que conocí a Helene. Era amiga de la patrona de mi madre. Me trataba bien o, mejor, me compadecía. Mejor aún, se compadecía a sí misma cuando me veía. Era joven y se había casado con un hombre treinta años mayor que ella. Él, exgobernador de una parte de Indochina, tenía dos hijas de la edad de su ahora esposa y había accedido a la petición de ellas para poder casarse: no tendrían hijos. Quizá por eso Helene acudió a un amigo abogado y la nombraron mi tutora.


La guerra había terminado. No había más bonbardeos, ni habría para mí más escenas violentas entre mis padres. Quedaba sólo la escacés, en el país... y en mi vida. Nunca me adoptaron. Se hicieron cargo de mí, como se ocupa la gente "de bien" de los desposeídos: con caridad. Primero, la escuela: un internado de monjas, de lunes a domingo, salvo algunos fines de semana en que no estaría mal que la niña pasara un tiempo fuera de aquel lugar. Tristeza, tanta como para que Helene considerara necesario hacerme de alguna compañía. Ya que la gitana era tan mala madre, otra niña no estaría mal: mi hermana, la más pequeña. Ni ella, ni yo tuvimos un cuarto propio en esa casa; cuando íbamos, dormíamos en la sala. Mi hermana aprovechaba la noche para robar ciruelas del frutero del comedor, le encantaban, las saboreaba entre las cobijas, poco a poco, iba juntando las semillas en su manita izquierda y luego se deshacía de la evidencia arrojándolas en un jarrón chino. Un día el jarrón se rompió y la tunda no se hizo esperar. Es mejor robar fresas: no tienen hueso y las hojitas del rabo pueden tragarse, no hacen daño. Yo pensaba que también estaba mal comer helado, porque cuando mi madre se apareció a la entrada del colegio nos regaló uno y, llegando a casa, Helene me golpeó: "no debiste aceptarlo", gritó; yo sólo pensaba, "era de fresa, me gusta".


Cuando cumplí diez años supe que me iría de ahí y tenía un plan: acatar las reglas, ser "gente de bien" sin chistar, hasta ser lo suficientemente mayor para emprender la búsqueda de un lugar que fuera mío o, más bien, de un lugar al que yo perteneciera. En esa familia no tenía sitio, me lo habían recordado muchas veces: "No me digas Tía Lenita, dime mamá". "Sí, Tía Lenita". "¿Te gusta el queso?, en tu casa, con tu madre, no comían más que yogurth, ¿te acuerdas?" "Sí, Tía Lenita, yogurth con fresas... en mi casa... con mi madre..." A los dieciocho años terminé la carrera de biblioteconomía, yo quería ser pianista, pero mis tutores no estaban dispuestos a pagar tanto tiempo de estudios; clasificar libros era más sencillo, mejor pagado y, además, estaba de moda. Estudiaba llorando, pero estaba decidida a terminar porque intuía que así fabricaba mi pase de ida sin vuelta. Así fue. Conseguí una beca para Estados Unidos. "¡No puedes irte!, te recogimos a ti y recogimos a tu hermana por ti. Te dimos estudios. Ahora tienes que ayudarnos a mantener a tu hermana. Si te vas, no recibirás un céntimo de nosotros". Se le acabó la caridad a Helene y a mí las ganas de sumar cosas que luego tendría que agradecer. Por eso devolví todos los cheques que me envió a Arcansas junto con lacrimosos mensajes que yo no contestaría.


Terminé mis estudios en Estados Unidos, de bibliotecología también, no había becas para pianistas sin notas aprendidas: Do, Re, Mi, Fa, Sol, nunca supe más que eso de música, pero fue la música la que me indicó el rumbo que tomaría. Volví a Francia sólo una vez, cuando el señor ya había muerto y su esposa, Helene, enfermó de tristeza. Sabía que iba a morir. Acudí al lecho, no por caridad, aunque sí por agradecimiento, se parecen ambas cosas, al menos en que ninguna es algo semejante al amor. Pero eso fue mucho después y la verdad es que no hay gran cosa que decir al respecto: fui, se murió, la enterraron y me regresé... a México, mi lugar. Tenía una colección de discos de música flocklórica que inicié durante mi estancia en Arkansas. Cuando escuchaba las canciones de América Latina sentía añoranza, como si yo hubiera nacido por equivocación en Europa y me encontrara, también por equivocación, en un país que me resultaba tan ajeno, incluso repulsivo: era la tierra de nuestros salvadores aliados y yo estaba hasta la madre de tener que vivir agradeciendo, aunque hubiera conocido a los gringos cuando era niña y desde sus tanques nos tiraban chicles a los niños que salíamos de los refugios tras el último bombardeo. ¡Pinches gringos, su problema es que creen que la libertad consiste en poder mascar chicles, o en usar lipstick, como las mujeres de Irak a las que andan liberando! Por eso no lo pensé dos veces cuando me ofrecieron un trabajo en México: me hartaría de fresas.


¿Cómo se encuentra un sitio propio cuando no se le tiene dado por nacimiento? Si la vida era arbitraria, si uno podía nacer donde fuera sin explicación alguna, yo encontraría mi lugar también de un modo arbitrario. La ventaja de no pertenecer es que puedes elegir del mismo modo en que te gustan las fresas, por ejemplo. Así, sólo porque te gustan. Había pasado el tiempo de huir, ya no se trataba de querer irme, sino de querer estar. Crucé el Atlántico para poder mirar a la gente a los ojos, para poder decir mi nombre sin que mi interlocutor hiciera una mueca compasiva al escucharlo y es que llevo en él la marca: un apellido triple, un "alias" en francés, "Dite" ("conocida como"), que en Francia revelaba mi condición de desarraigo. Simone Thomas... Dite... Giraud. El desarraigo... Thomas, apellido del marido de mi madre, el gitano que no era mi padre y a quien la caridad de mi tutora obligó, mediante juicios legales, a concedernos su apellido; era el marido de Luisa. "Ya sé, ya sé, no son sus hijos, pero es su esposa y los hijos son de los casados, así lo marca la ley", habrá argumentado el abogado de Helene. Antes fui simplemente Giraud, como mi madre; mi padre sólo reconoció a su hijo varón, por eso mi hermano se apellida Lailler. Pero para "la gente de bien", no es correcto que un niño lleve el apellido de soltera de su madre... "es mejor que tenga uno ajeno, ¡aunque le acomodemos en medio el estigma!, el nuestro, no, claro está, tampoco es que sean de la familia, ¡sólo somos sus tutores y cumplimos con la obligación!


Lo primero que hice en México fue irme a vivir a una comuna: "El pesebre". Bueno, ahora dicen que era una comuna, a mí eso no me importaba: ni fumaba yerba, ni era hippie (trabajaba para la UNESCO), pero ahí pasaba lo único que podía asegurarme que no había errado en la elección de lo que sería mi lugar: ¡ahí se reunían los folkloristas!; los fines de semana yo podía escucharlos en vivo, sin poner un disco, sin sentir añoranza porque ahora estaban en el mismo sitio... en mi sitio. En una fiesta de esas conocí a mi marido, siete años menor que yo, con un nombre de no creer y nacido en un pueblo que jamás había escuchado nombrar. No me gustaba, pero él fue insistente en sus escarceos y, cuando años más tarde, supe que mi pretendiente era lider del moviento estudiantil, caí redondita. Sí, 1968... y meses más tarde esta plaza. Carismático, sonriente, con una inteligencia que hasta la fecha considero suprema y manos de pianista... aunque no toca ni la puerta. ¿Cómo no quererlo?, ¿cómo no quedarme con él después del Campo Militar número uno y de Lecumberri? ¿Cómo abandonarlo después de la tortura y la traición, del exilio, de la acusación? Él luchaba por mi lugar, por el país que yo decidí hacer mío... yo creía en su lucha, ¡carajo!, también era mi lucha, yo ya pertenecía aquí, pero no me dejaban hacer nada... era extranjera, con permiso para trabajar, pero no para hablar... ¡Como si uno pudiera callarse cuando masacran a la gente del único lugar que hemos podido hacer nuestro, no por casualidad, sino por elección, por convicción, porque no teníamos dónde echar raíces y volamos como semilla aérea para caer en esta tierra que soñamos mucho tiempo antes!


Estaba embarazada, como ahora, pero entonces no lo sabía. Encarcelaron al que sería el padre de mi hijo y yo ni siquiera sabía que tendría un hijo. "No corran, es una provocación", dijo desde el tercer piso de aquel edificio. No corrió. Por eso lo acusaron después sus compañeros de ser el provocador. No corrió, ni corrí yo. Era extranjera, que no se me olvidara, aunque yo quería, por sobre todas las cosas, olvidarlo desde que llegué aquí. Pero era extranjera y no resultaba conveniente que participara de las marchas. Por eso aquel día vi en las noticias lo que sucedió desde mi casa. Sentada en el comedor, vi las bengalas y escuché su voz. Seguramente estaba muerto, pero en la lista de los cadáveres no aparecía su nombre. Nadie sabía nada. "Simone, no deberías preguntar, ¡eres extranjera!", me dijo el único amigo que me quedaba, el único que se atrevió a tocar la puerta de mi casa luego del 2 de octubre, venciendo el miedo de que lo siguiera la policía, el único que no creyó lo que decían en las noticias: "Yo sé que él no nos traicionó", dijo en el pasillo, antes de irse. Supe que estaba preso en Lecumberri... y que yo podía ser perseguida... Su pareja... "francesa, ¡importó el moviento desde Francia!" "¡Pero si yo salí de Francia varios años antes!"... "ese apellido tan raro, habla tres idiomas... ¡espía, seguro!...Vete, güera, vete a Francia... las cosas acá se pondrán peor".


No me fui. No lo dejaría sólo, no mientras pudiera... "Si me voy, lo matan... ¿qué van a poder hacer sus padres, son pobres, su madre está enferma, no son gente importante... ¡que por una vez sirva que soy extranjera!, no es tan sencillo desaparecer a una ciudadana francesa sin meterse en líos!" No lo era, así que no me persiguieron, no me amenazaron, pero negaron la posibilidad de casarnos estándo él en la cárcel y las autoridades esperaban impacientes a que se venciera mi permiso de residencia; cuando eso sucediera, yo tendría que salir del país y, ¡claro!, no me extenderían otro. Si no salía, me deportarían... ¿Cómo se elige un lugar cuando ya lo has elegido y quieren sacarte de él? Sólo quedándote, a cómo de lugar, me respondía frente al espejo, mirándome a los ojos. Tuve que salir varias veces. La primera en diciembre, a Guatemala desde Tapachula. En la aduana sellaron mi pasaporte y agregaron a mano una instrucción: "informar a Gobernación cuando se solicite permiso de residencia"... Perdí el pasaporte... el Cónsul en Guatemala me hizo uno nuevo y me lo entregó junto a un guiño y media sonrisa que indicaban que, en ésto, estaba de mi lado... Visa de turista. Sólo tres meses... Lo bueno de tener un apellido triple es que desconcierta igual a los demás, sobre todo cuando los cambias a voluntad: a Lecumberri y al país, a veces entraba Simone Thomas, a veces Simone Giraud, o Simone Dite Giraud, o Simone Thomas Dite...


Estaba legalmente en México, pero los empleados de Gobernación asignados a mi caso no lo creían. Un día se presentaron a mi casa y recogieron mi pasaporte, seguramente pensaban que era falso. Pasaron varias semanas sin que me lo devolvieran y se acercaba el momento en que tendría que volver a salir del país. En la embajada de Francia se indignaron, "el pasaporte es propiedad del gobierno Francés", escuché decir al embajador realmente exaltado... también me ofreció asilo, pero no acepté. ¡No más razónes para agradecer, por favor! "Mañana a primera hora entregarán aquí su pasaporte, ¿podemos ayudarle con algo más?" "No, gracias. Quizá si me consigue un cestito con fresas", alcancé a decirle lo último en el rellano de la puerta, pero él ya se inclinaba sobre el teléfono para hacer una nueva llamada y no lo escuchó.


En marzo, con siete meses de embarazo, tuve que salir nuevamente. Esta vez a San Diego, por Tijuana. Salí y entré el mismo día, un viernes para agarrarlos cansados, aprovechando el cambio de turno del personal, solicité un nuevo permiso para internarme a territorio mexicano, ¡mi territorio!, ¿qué, no entienden? No, no entendían, pero me lo dieron igual... estaban cansados, no me equivoqué... "Esta güerita no tiene cara de delincuente"... Esa misma noche viajé en camión hasta la Ciudad de México. Cuando, cansada, me disponía a tumbarme en mi cama, recibí una llamada: "¿Señora Thomas?, ¿qué hace ahí?, su permiso venció hace dos días, tendría que estar fuera del país" "Ya salí y ya regresé, tengo un permiso por tres meses como turista", respondí automáticamente, no sabía con quién hablaba, pero parecía preocupado. "¿Cómo que salió? ¿Tres meses? ¿Quién se lo dio?" "En la aduana... Perdón, ¿quién habla?"... "Habla a quien usted va a dejar desempleado, señora. Me van a correr por su culpa. Yo tendría que estar verificando sólo que ya no se encontrara en el país", dijo la voz al otro lado del auricular y colgó. Era un hombre, quizá mayor y evidentemente agobiado, pensé.


Luego supe que el hombre que me había llamado trabajaba en Gobernación, un burócrata, nada más, un burócrata que me hablaba con tristeza y preocupación, modulando la voz de un modo bien distinto a como me hablaron los cuatro agentes armados que llegaron a mi casa tres días después de que naciera mi hijo. "Tiene que acompañarnos" "No puedo" "Tiene que poder, Güerita, no le estoy preguntando si quiere". "No puedo porque tengo un bebé al que no dejaré sólo, como usted comprenderá" "¿Un hijo?, ¿mexicano?, ¿nació aquí?" "Sí, hace unos días" "Déjeme verlo"... Ahí estaba, dormido. "¿Es suyo?" "Claro que es mío, ¿de quién más va a ser?, ¿quiere que le enseñe la cesárea?" contesté desafiante, pero el ánimo se me desinfló por completo cuando escuché la respuesta: "Sí, ensémeme", contestó el policía. mientras tocaba, casi acariciando la pistola que llevaba al cinto. Alcé la bata. Quité los algodones y le dejé mirar la herida rosa que cruzaba mi vientre. Salieron de mi casa sin decir más.


Supongo que mi hijo me salvó la vida en 1969, diez meses después de lo que pasó en esta plaza donde yo jamás he corrido, donde ahora espero comiendo fresas a que dé la hora. Voy a Migración a sacar el nuevo formato de mi documento de inmigrada. Mi marido volvió del exilio, meses después de que una anmistía liberara a los presos políticos y a él lo subieran a un avión rumbo a Chile sin preguntarle si quería. La anmistía no aplicaba para él, no de inmediato. En unos meses nacerá mi segunda hija. No me falta el horror ni el espanto para alimentar los malos sueños, pero prefiero las fresas. Me quedé aquí, es mi lugar, aunque para ellos sigo siendo extranjera.

 
 
 

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