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Recurrancias ©






Si tuviera que definir el lugar del que proviene mi escritura diría sin duda que nace en mi ovario derecho: escribo textos premenstruales, pero cada dos meses más o menos. Supongo que es aquí donde Freud levanta la copa y brinda a la salud de sus teorías sexistas; yo me declaro prófuga de la histeria y en los bordes (por dentro) de una neurosis más o menos controlada que se descoloca cada 56 días.


Tengo fortuna: para otras mujeres el andamio se inclina sobre el vacío con mayor frecuencia, sus cuerdas tienen menos gracia que las mías hechas de frases que amarro a toda prisa para recuperar la estabilidad. Claro, sería mejor si contara con la astucia y la serenidad de quien logra anudar sus miedos de maneras más suaves, a través de un pincel, por ejemplo, o de un arpa; sangrar entre colores y formas, sonidos y sensaciones, que permitan guardar cierta compostura.


Mis letras no tienen la calma de la baja marea: se revuelcan entre las rocas, se hunden en corrientes nada discretas, emergen raspadas, heridas, filosas, descarnadas. "Si te lastima escribir es porque te has habituado a hacerlo reabriendo las heridas", me dijo un amigo psicoanalista que no me considera histérica sólo porque no coincide con Freud.


El diagnóstico no pedido tenía que ver con borrarme a través de las letras; se me conoce poco: la borradura es lo cotidiano del silencio en mi caso, a veces también de las palabras mal dichas, por eso tengo que escribirlas. La jodida huella, sí, pero no la que dejo yo al paso, sino la que quedó impresa en algún lugar dentro de mí por el pasar de andantes sin cuidado: tropezaron con tanta suerte que fui yo quien brindó la mano para que se levantaran, ¡y se levantaron... sobre mi cabeza!


No son las letras lo que me duele, todo lo contrario: como las navajas de quien se autolesiona para acotar el dolor inasible, los tipeos van deshilvanando la costura bajo la que se acumuló (otra vez) lo que la infecta. Escribir me cura. Pero hay que tener cuidado, ciertos excesos hacen de la medicina veneno; escribir de más enferma: no es igual pasar un algodón con yodo sobre la sutura que tomarse el contenido del frasco.


Pero no soy cauta cuando escribo sólo por eso, lo soy sobre todo para que mis filos no hieran susceptibilidades ajenas. Desde que comencé a escribir me propuse la inocuidad: diría para mí que en dosis exactas, añadiendo el prospecto con advertencias para los intolerantes a las letras vivas. Quizá ahí radique la explicación de un par de porqués que reservo en el botiquín para emergencias.


Seré honesta: hace tiempo que mis heridas no son de muerte, a penas cicatrices un punto abiertas: reminiscencias. Días atrás me dio por darles un nombre, busqué en la gaveta de los inventos dos cabos sueltos; las bauticé "recurrancias". Su nido está en un ático, oscuro y polvoso, desierto de noche y desierto de día donde se momifican; son como los pedacitos de fruta que se deshidratan debajo de un mueble que nunca movemos, cáscara dura que por un segundo es misterio y luego rememora sin volver a ser lo que se recuerda.


Esto no tiene que ver con la nostalgia, habitación cálida de la memoria en calma donde están los recuerdos que se dejan acariciar como lomo de gato sereno. Las recurrancias se dan en esquinas de color ocre porque son naturaleza medio muerta (y porque se rearman en los lugares comunes, la inventiva no da más que para nombrarlas, el resto es cosa sabida: resabio, sobra que faltaría si prescindimos de ella, la tapa del pozo que evita el ahogamiento aunque esté a la mitad abierta; el paréntesis que indica la posibilidad de ahorrarse la lectura de lo que contiene... aunque lo estemos leyendo). Las mujeres podemos calcular la edad de una recurrancia prestando atención al momento en que reaparece según coincida o no con los ciclos menstruales, pero como esto es distinto en cada cuerpo menstruante no hay manera de hacer una guía. A diferencia del resto de las cosas vivas y muertas del mundo, las recurrancias rejuvenecen cada vez que se hacen presentes: más viene, más nueva es, en el llegar renace. No se ha inventado tampoco método alguno para evitar la impertinencia de las recurrancias: se desprenden siempre que algo más esté en desprendimiento; el endometrio, por ejemplo, pero también cualquier otra cosa que tenga la virtud de hacerse añicos sin tocar suelo, como las letras cuando son escritas sin ánimo de cortar. Entonces puede escribirse premenstrualmente en cualquier tiempo: lo mismo en pasado que en futuro (aunque lo que da vida a la recurrancia perfecta es su capacidad de hacerse sentir en el presente).

El fin de las recurrancias es el mismo que el de todo: no fue polvo pero en él termina convertida, un día no aparece más de tanto que fue volviendo, pero para eso hay que escribirla, pintarla o cantarla. No me muero por escribir: deseco la piel ajada de una recurrancia que hace tiempo se desprendió como pedazo frutal de alguna rama dentro de mí indispuesta, cayó debajo de un mueble que poco muevo; se instaló ocre y esquinada. Viene y va; cuando tengo fortuna, alcanzo a tomarla entre mis dedos: tipeo sobre ella y la dejo ir, impresa la huella de mi andar descuidado, alzándome yo sobre su cabeza.

Sangro entonces, feliz-oportuna-calmadamente, sangro. En ningún momento escribo sangrante: la tinta es tinta, lo otro metáfora que cansa de tan dicha en seco. Los textos fértiles son húmedos a fuerza de líquidos distintos que guardo en sitios diversos, sin esquinas, de colores, limpios y ordenados, nada aptos para servir de nido a cualquier cosa que parezca insecto, lejos de las recurrancias de patas áridas y esqueleto a cielo abierto.


Imagen: "Condición humana" de Vincent Castiglia


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