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Renuncia©

  • Sep 6, 2010
  • 2 min read






Hoy, aquí y ahora, renuncio a las heridas. Me alejo del sendero que señalicé dejando gotas de mi propia sangre a falta de migas; regreso por el último pedazo de la fe para volverla suerte, de la buena, porque no hay por qué pensar siempre lo peor.


Hace tiempo que fui por mí; supe traerme hasta el pie de la cama, desde donde me enseñé a contemplar la luna, a palpitar con ella, a desaparecer cada veintiocho días, dejando que las emociones navegaran por el torrente menstrual: ¡pura osadía!, saberme mujer hasta el último centímetro de piel y llorar porque sí durante el duelo del propio cuerpo que se renueva en el ciclo femenino, que nos empuja a parir, a dar vida, a leer las manos de la muerte para anunciarle, entre tabaco y mirra, que deberá esperar, que no se irá nadie con ella porque en el vientre anida lo que será cosecha.


Pero hoy, aquí y ahora, también renuncio a la luna, a sus sombras, a sus aguas, a su ir y venir con mi alma equilibrista que se cansa de brincar entre metáforas de cuchillos y trozos de vidrio. Me despido del cangrejo que no supo ser liebre y salir de la cárcel de Selene, ni siquiera cuando le mostré que de día crecen las flores, que ella y yo pasamos por el inframundo, pero se trataba de salir al sol; nos quedamos más tiempo del debido: el día que reunimos el valor para asomar la cabeza, lo hicimos de noche, llovía desesperanza y nos volvimos a guarecer entre las patas del depredador que dormía. Despertó. Yo no tengo vocación de crustáceo, no dejaré que me muerda las ganas, que se quede entre los dientes el corazón que restauré. Tengo fe y sobre ella construyo el andamio de entrega amorosa que ha de servirme para colocar en la esquina izquierda y posterior del cielo una oración: "renuncio al miedo, me doy".


 
 
 

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