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Samba

  • Oct 5, 2013
  • 1 min read

Del corazón nació la certeza, digo del corazón por ponerle cualquier nombre al espacio donde se aloja dentro mí eso otro que no sé si es sensación o sentimiento, que tampoco sé llamar de algún modo: ¿intuición?, ¿llamado?, ¿empatía?, ¿misión?, ¡bah!, demasiada pretensión querer bautizar lo que nunca ha sido del ámbito de las palabras. Sólo lo supe: me necesitabas y yo debía acudir, aunque nada hacía suponer que era una idea sensata: casa llena, tres gatos que comen como panteras.


Nada importó, estabas ahí y yo aquí, sabiendo, simplemente sabiendo, fuera de toda duda, que me necesitabas y yo debía acudir. No imaginé la urgencia del llamado, aunque la infinita tristeza en tu mirada debió advertírmelo desde el primer día.


Llegaste echa una ruina, la vejez y la calle habían ocasionado estragos: nada en ti era normal, pero en este hogar no nos distinguimos por amar las reglas y podíamos aceptar sin problema que fueras lenta, que no escucharas, que casi no vieras, que nunca ladraras.


Supimos, te digo que yo con entera certeza, que éramos el último encuentro de tu vida, que no habría más. Sabíamos que aquí morirías, arropada, querida. Confieso que aún así guardamos siempre una esperanza, una pequeñita: pensábamos que seríamos capaces de verte al menos un par de años realmente feliz.


Hubo días buenos


 
 
 

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