Somos lo que hay
- Feb 4, 2016
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Me pierdo con facilidad entre las muchedumbres, quiero decir que me pierdo a mí misma, que me pierdo de mí, que llega un momento en que no sé muy bien lo que siento o las razones por las que siento algo, cualquier cosa; empiezo entonces a añorarme y, sí, el desatino con los demás es parte de lo extraviada que me siento. Por fortuna también comienzo la búsqueda porque no sé estar ausente de mí por mucho tiempo. Sí, sí, porque ya lo estuve y porque un día tuve que aprender que no hay peor ausencia que la propia, porque sé cuánto duele tener que comenzar desde el inicio, tener que preguntarnos qué color nos gustaba cuando éramos, cuando no nos habíamos perdido entre las necesidades de otros que nos demandan atención, conocimiento, exigiendo virtudes que no tenemos y llenándonos de defectos que tampoco nos pertenecen; el colmo es que quienes así exigen no necesitan nada y por eso creen que nada demandaban. Verde, es el color verde el que más me gusta, lo digo por si se lo estaban preguntando.
No tolero los espacios pequeños, por eso suelo vivir en lugares amplios, siempre con ventanales o balcones por los que sea posible asomarse y mirar más allá, todavía más allá, más y más lejos. Yo misma soy un terreno grande por dentro, tan grande como para necesitar recorrerlo por partes; no me habito de una sola vez por completo, pero no renuncio a conocer cada porción de quien voy siendo porque, ¡claro!, tampoco me mantengo de un sólo modo: todos cambiamos y más nos vale conocernos si no queremos hallarnos un día sepultados bajo los escombros de quién sabe qué pared desconocida que, como una herencia extraña, sin darnos ni cuenta un día construimos; al recogerla y recogernos debemos admitir que, ¡maldita sea!, ¡es nuestra!... ¡También nos pertenecen el derrumbe y sus secuelas! Para que esto no me suceda, al menos no con tanta frecuencia, levanto las murallas necesarias y me hago cargo de ellas.
No me bastan, sin embargo, la amplitud de los lugares que recorro dentro y fuera de mí, necesito también limitar el número de personas que por ahí deambulan. Evito como si de peste se tratara los lugares concurridos, pero sobre todo evito llenar mis espacios internos de más gente de la que debo, porque para estar conmigo hay que saber mirar las heridas de frente y estar dispuesto a no correr cuando los derrumbes sean los de esas herencias que no se eligen, cuando llegue el momento de sacarme de encima los escombros de una verdad que no quiere escucharse, cuando llegue el tiempo de armarse y responder con todo a quienes hoy esconden la mano previendo el día en que, cobardes, arrojarán las piedras. Necesito de mi gente y, sobre todo, necesito que sea "mi gente" (más allá de las fantasías que a veces me fabrico al respecto sin darme cuenta), con las lealtades bien puestas, porque sí, porque sola no podría con lo que estoy cierta se avecina, aunque debo decir que no le tengo miedo, por lo menos no el suficiente como para no afrontarlo cuando llegue su tiempo.
Algo de mi historia familiar tiene que ver con las trincheras, algo que no comparto, por supuesto, más que con aquellas personas que amo desde lo más profundo de mis entrañas. Buena fortuna tengo, aunque son pocos quienes están, quienes han estado, quienes estarán, aunque son muchos más los que se van y de los que yo me alejo. También sé, porque hay cosas sobre las que no me engaño, quiénes llegado el momento saldrán corriendo a unirse en el lado contrario; no los culpo, incluso los quiero, es sólo que hace poco aprendí a discernir entre el trigo y la paja, a dejarme de sentimentalismos: del mismo modo que ellos, yo también prenderé el fuego. Si para entonces no harán falta, no la hacen tampoco ahora.
Esto no es nuevo: saco de mi vida a quienes dan malas muestras de lo que harían si les permito quedarse aquí cuando llegue el momento, lo hago siempre, lo he hecho con personas a quienes un día, por andar perdida entre la muchedumbre, consideré parte de eso que yo llamo "mi gente"; con mayor razón no me detengo cuando se trata de aparecidos ("parecidos que se muestran más distantes que el distinto", escribí hace años, cuando me supe desconocida y me di a la tarea de recuperar cada día lo que ando siendo). Lo demás no es lo de menos: quiero mucho a mucha gente, estoy y soy para otra tanta. Soy feliz porque me conozco. También me sé de cabo a rabo la historia que me acompaña y no dudo un instante en sentirme orgullosa de lo que en ella ha acontecido. Nada hay que ocultar, no me escondo, me resguardo entre mi gente: es distinto, tan distinto como lo es el borrador de lo que al final me escribo; en las letras me encuentro, me inscribo. Las ausencias, al menos las mías, hace tiempo las elijo. Somos lo que hay.



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